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27 may. 2008

Lluvia ácida sobre la pequeña ciudad

Algunas personas cuando me preguntan que cuando me inicié en la literatura, me dejan pensando... porque la primera vez que escribí un cuento, Acid Rain Over the Small City , lo hice en idioma inglés para cursar una materia que me obligaron a tomar. En aquel entonces la diosa me tocó ya que este cuento fue seleccionado y publicado en una revista literaria de La Casa de la Cultura de aquella universidad Case Western Reserve University en Cleveland. Menciono esto porque en ese entonces cursaba una maestría en biomédica y había leído muy poco sobre literatura. Los cuentos en cada idioma son diferentes gramaticalmente, en su estructura y en su significado, sin embargo trato de hacer una traducción lo más fiel posible. Es un cuento muy sencillo y muy lineal. Después de este cuento no escribí más literatura, porque me dediqué a la parte científica y académica para vivir, hasta hace tres años... y con mi único libro escrito -la diosa volvió a tocarme y a recordarme que este es mi camino- logré ganarme su publicación.
A continuación presento aquel cuento. Es una historia de amor juvenil, el primer amor...

Lluvia ácida sobre la pequeña ciudad. (1991)
Traducción del inglés por el autor Henrique Albornoz Miliani


Apenas entrando a “La Pequeña Ciudad” se siente un cambio de ambiente: afuera, la madre naturaleza domina sobre el artificioso mundo; adentro, es todo lo contrario. Afuera, más allá de la puerta del night club, un pequeño niño descalzo con tristes ojos marrones trata de ganar algo de dinero “custodiando” los vehículos de los clientes. No solamente ha perdido sus zapatos, sino indudablemente también a sus padres: extraviados entre el alcohol y la prostitución que hostigan a esta región. Me pregunto que pudiera él hacer ante un auténtico ladrón de carros.
Si bien el local se encuentra en la provincia, en la zona llanera, adentro, hace honor a su citadino nombre. Un denso smog de cigarrillos, que dificulta la respiración, se adhiere a todo lo que toca: ropas, cabellos, pieles; incluso narices que pronto aprenden a dejarlo pasar inadvertido. El informe del tiempo de esta mañana no dijo nada acerca de esta ola de calor aquí adentro. Una antigua rockola escupe una canción muy vieja que no se ajusta con los rayos multicolores que fluyen por encima de ella: una esfera rotatoria forrada con múltiples mini espejos es el objetivo de tres haces luminosos de colores rojo, amarillo y verde respectivamente. El efecto de estas radiantes reflexiones parece transformar el sitio en una ciudad de neón y de repente... uno se siente como si estuviera atrapado en el tráfico ciudadano. Las luces están sorprendentemente guiadas por manos expertas, puede que por algún desempleado profesional ─un ingeniero, o un abogado─, muy común por estos lugares hoy en día. La decoración te hace recordar a una gran ciudad: improvisación versus planificación. En una mesa hacia el fondo del local, un hombre comparte su soledad con una botella de ron Colonial1, el más barato en el menú de bebidas. Alguien podría rememorar a aquel borracho solitario que bebía porque deseaba olvidarse de la vergüenza producida por la bebida, del cuento “El Principito” de Exupery.
¿Será este hombre sentado en aquella mesa de La Pequeña Ciudad una analogía de un indigente callejero? Sentados al frente de la barra del bar, cláxones humanos compiten con la máquina musical al emitir sus estridentes mensajes: los cornetazos y los frenazos del tráfico. Sin embargo, aquí, la gente no se encuentra desesperada como en la verdadera calle. O al menos parece ser de esa manera. En la barra un grupo de muchachos “sifrinos” de clase media ─uno de ellos semejante a un cuerpo atado a un bigote─ dirigen sus miradas de vez en vez hacia una joven pareja sentada en la mesa número 12 y se carcajean. Bajo mirada casual esta pareja pasaría desapercibida, como el humo aquí adentro; pero, al reflejo de las luces se acentúa el contraste existente entre los dos.
La mujer oculta su cara juvenil detrás de una capa azul oscura de maquillaje. Sus pestañas intentan tocar, en vano, a una tenue serpiente azul oscura ─una sinuosa cicatriz delgada. Esta culebra serpentea a través de su ceja derecha, posiblemente un regalito de algún “amigo” celoso. Su cabello pálido muta de color al compás de las “luces del tráfico” y las piedras en sus orejas envían la luz de regreso al globo de espejos. Sus profundos ojos examinan al mundo como si le perteneciera. A pesar de su juventud, demuestra gran auto confianza, aparentemente obtenida por su especial trabajo: un empleo muy buen remunerado, pero que también deja profundas huellas. Sin embargo, cuando ella sonríe, su cara adquiere una sombra de pasada inocencia.
Frente a ella, un joven de cara colorada luce verdaderamente interesado por la chica. Una marca en su nariz y un parpadeo constante indican una vergonzosa miopía: un estudiante en la Ciudad. Su desordenado cabello corto parece haber reñido con el peine, sin embargo, luce aseado. Su rostro se encuentra pulcramente afeitado, muy extraño en este lugar donde casi todos los varones se dejan el pelo facial. Su cara revela las características líneas de expresión de un atleta sobre-entrenado: flácidos cachetes con ligeras comisuras, pero de ojos francos. Sin embargo, los frunces parecen sonrientes, confiriéndole un rostro de apariencia agradable. Es poco usual ver a un atleta en “La Ciudad”. A medida que la pareja conversa, la cara de la dama adquiere una apariencia de expresión frágil y la desprejuiciada cara del joven se torna en la de un hombre serio, los cuerpos se acercan más y las manos se tocan más frecuentemente.
Ahora, la “caja musical” se torna simpática con una melodía muy lenta. La luz se trueca blanca e irregularmente golpea a la esfera, como la canción de los grillos a los oídos del niño descalzo. El anhelado tiempo para la pareja al fin ha arribado; se levantan y se dirigen hacia “la plaza” de la Ciudad. La chaqueta de cuero negro del joven ─la última moda─ contrasta con el vestido rojo brillante de la muchacha. El corte del vestido deja al descubierto una figura que hasta la misma Afrodita envidiaría. Hugh Hefner pudiera encontrar una nueva “playmate” en la pequeña ciudad. Repentinamente la noche cae en la pequeña metrópoli: una luna blanca artificial se enciende bajo la bóveda, y la ciudad se torna sentimental. A través del smog y la oscuridad es difícil discernir a los muchachos sifrinos, pero carcajadas como ladridos de perro que se sobreponen a la melodía revelan su presencia.
Aunque hay otras parejas en la “plaza”, ninguna despunta como lo hace ésta. La chaqueta negra parece “sangrar” al contactar con el vestido rojo mientras danzan. Obviamente, algo místico ha atrapado a esos cuerpos. La chaqueta continúa sangrando durante tres largas y lentas canciones. Cuando ya deciden regresar a su mesa, un ensombrecido veterano, pero de alguna manera con trazas de adolescente, que se desenvuelve como una versión gastada de Casanova, bloquea el paso de la dama e intenta manosearla. Ella lo conoce, pero hoy se siente muy diferente que de costumbre y le lanza una feroz mirada dándole, seguidamente, la espalda. El Don Juan insiste, pero la dama hábilmente desvía sus manos y lo empuja. El joven, que se había mantenido inmóvil presionando la punta de sus dedos contra sus palmas, se adelanta; sin embargo, el portero, un pequeño Hulk, interfiere a su segundo paso y conduce fuera del recinto, tomándolo por la nariz, al “serafín” de cabello gris. La muchacha le dice algo al joven y al Hulk y ellos continúan como si nada hubiera pasado. La niña-mujer hace recordar a uno esa frase de Mark Twain acerca de la sobreestimación de la experiencia, cuando citó: “Nosotros no deberíamos actuar como el gato que se sienta sobre una estufa caliente. El gato no se sentará más nunca en otra estufa caliente y eso está bien: sin embargo, el gato no se sentará en una estufa fría tampoco, y eso está mal. Así que nosotros deberíamos extraer el verdadero conocimiento de cualquier experiencia.” Ella sabe muy bien como hacer esto. Es raro no haber escuchado los ladridos y los chillidos desde la barra del bar; pero, los perros se encuentran jugando con otro hueso: tres mujeres se encuentran conversando con los “burguesitos”. Estas mujeres visten muy diferente que aquellas que esta tarde se encontraban parloteando afuera, cerca de la iglesia; pero, probablemente, sus necesidades básicas son idénticas.
Inesperadamente la música plástica se transforma, así como las luces locas también lo hacen. Un hombre de traje negro con una corbata estilo Mickey Mouse aparece en la barra del bar, mueve sus labios y las mujeres lo siguen, como los pollitos a mamá gallina. Él actúa como si fuera el pez grande de la pequeña ciudad. “El pez grande se come a los peces chicos”, así que los muchachos de la barra tienen que buscar a otro hueso que roer. El trajeado interrumpe la música, las luces se encienden en la “plaza”, y presenta a un grupo popular que interpreta música criolla. Los integrantes, uno a uno, emergen del lado oscuro de la ciudad ejecutando sus instrumentos. Cuatro, arpa, maracas, tambores de cuero de cabra y un bajo ─el toque moderno─ , entregan sus notas. Finalmente hace su aparición un cantante flaquillo, que parece un mosquito envuelto entre sábanas blancas ya que usa un liki liki, expeliendo un aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaah con sonido nasal. Tiene una huella, parecida al frenazo de una bicicleta, encima de su boca pretendiendo ser un bigote; sin embargo, posee una voz potente. Seguidamente el grupo comienza a interpretar una versión de Caballo Viejo: una canción sobre un hombre viejo que le declara su amor a una joven mujer donde el autor utiliza imágenes propias de la sabana venezolana para expresar su narración. El cantante se compara a sí mismo con un caballo viejo y a la muchacha con una potranca que se ven envueltos en un pretendido amorío en un escenario llanero. La frase “quererse no tiene horario ni fecha en el calendario” define la canción.
Mientras los músicos hacen gala de su presentación, la joven pareja deja la mesa para dirigirse al “parque” de la pequeña ciudad: un local con matas naturales y artificiales situado en el segundo piso. Traspasan una puerta y desaparecen del contaminado lugar.
Al finalizar la canción, la audiencia se levanta de sus sillas y repite la ultima frase: “porque después de esta vida no hay otra oportunidad”. . Una veloz mano con uñas sucias, aprovechándose del desbarajuste, escamotea una botella de whiskey de una mesa vecina. Esa mano pertenece a un tipo (esa clase que causa los prejuicios contra de los honestos latinoamericanos en otros países) de una apariencia tan mugrosa como sus uñas. Pero, desafortunadamente para él, no es una buena oportunidad porque el propietario de la botella ve su acto. Cuando el truhán regresa a su mesa, siente un toqueteo sobre su hombro izquierdo antes de discernir que un “jab” se estrella en su nariz. Una rumba de golpes toma la escena. El “Traje” chasquea sus dedos y el Hulk y otro individuo arquetipo Charles Atlas controlan la situación antes de que la gente se marche del lugar. El bandido está sangrando por la nariz, y sus compinches probablemente lo llevarán al hospital más cercano ─afortunadamente, en esta región uno puede obtener asistencia médica si se tiene o no seguro.
Inmediatamente, un mesonero le trae una nueva botella de whiskey al propietario, que se siente complacido de nuevo. En la ciudad se puede encontrar a cualquier tipo de persona. Si tú buscas a un hombre loco, tú puedes encontrar uno, dos... o más.
Después de la confrontación las cosas siguen su curso y el grupo musical continúa interpretando su repertorio. La pareja, que se había marchado muy entusiasta anteriormente, ahora regresa muy triste. Obviamente, algo ha pasado. Ellos han descubierto que su relación no puede durar por más tiempo. El muchacho parece decepcionado y la muchacha encubre sus sentimientos detrás de su maquillaje. Su cara parece inexpresiva, tratando de ser fría y dura; pero, las brillantes y dilatadas pupilas en sus ojos revelan lo contrario. El muchacho también percibe esto, pero él sabe que sus afinidades no son posibles. Su razón se sobrepone a su emoción. Glacialmente, la chica le da la espalda al muchacho. Él se la queda mirando mientras ella se dirige hacia la mesa... y no puede detener dos lágrimas que escapando de sus ojos caen al piso. Parece que la lluvia ácida ha comenzado a caer sobre la pequeña ciudad. El joven reacciona y camina hacia la barra. La cartera en su bolsillo tiene el mismo espesor que antes. Los sifrinos le dan la bienvenida de la misma manera que el primer astronauta fue saludado después de su vuelo orbital. Una falsa sonrisa, como la del político saludando a su oponente, aparece en sus labios. Toma la cerveza que le ofrecen sus amigos, mientras se seca sus ojos con la manga de su chaqueta. Quizá les esté diciendo que es el humo del cigarrillo que lo hace llorar.
Cuando la muchacha camina, su esencia puede ser percibida a pesar de los humos del lugar, y la gente voltea a mirarla. “El Traje” bloquea su recorrido y chasquea una orden, pero la chica quiere marcharse a otro lugar. Ignorado, el “Traje” empalidece y la hala hacia él; ella girando lo golpea con su bolso rojo. Hombre y bolso vuelan dos metros lejos. Ella dice algunas palabras moviendo sus manos como si le estuviera regresando algo. Recoge unas llaves del piso y camina hacia la puerta de entrada. Algunas muchachas, amigas de ella, aplauden cuando ella deja la “Ciudad”. Ninguno de entre la multitud de la barra ha notado la escena. En la puerta voltea su cabeza hacia la barra tratando de visualizar la bien conocida chaqueta negra,... y una gota brillante corretea a lo largo de su cachete ─“la lluvia ácida sobre la pequeña ciudad” comienza de nuevo. La muchacha se dirige al lugar donde la luna auténtica brilla en la bóveda y los grillos cantan para el niño descalzo.
A través de la ventana puedo ver cuando ella entra en el Mercedes, le da algo de dinero al pequeño hombre-niño, enciende el automóvil y avanza como unos cincuenta metros antes de detenerse y conducir de regreso. Quizás olvidó recoger su bolso rojo. Repentinamente, se aparece en la puerta se dirige directamente hacia la barra del bar. Ella toca la espalda de su inolvidable nuevo amigo y, como una niñita con su peluche nuevo, lo abraza. El muchacho devuelve el abrazo y los sifrinos parecen sorprenderse cuando su amigo se va hacia la puerta con la atractiva mujer. La chica se detiene en la entrada, se quita sus tacones y le sacude el polvo a las suelas como si lo retornara a la ciudad. Afuera, la pareja aborda el carro y desaparecen de “la pequeña ciudad”, que prosigue con su habitual ritmo demencial.

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