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19 mar. 2008

Un capítulo del cuento Los perros de playa



Algunas personas me han pedido mayor información sobre el libro 7 principios, 7 cuentos y un destino. Y muchas veces sobre uno de los cuentos, denominado los perros de playa. ¿Que si esto es o fue real? ¿que donde está el principio hermético en el mismo? Que tengo que leerlo varias veces.
Para aclarar las dudas al lector diré que esta historia se encuentra entretejida por dos historias entre líneas. Es parte de una realidad que se vivió en la isla de Margarita en Venezuela en un momento de gran auge turístico. El principio hérmético que se plantea es el de polaridad y la trama se mueve, tal como dicha ley, entre una dualidad. Esta ley dice que todo tiene dos polos y que nos movemos entre ellos; pero a veces los dos polos se unen. Es una especie de paradoja y dualidad: amor-odio, arriba-abajo, adentro-afuera, bueno-malo. Incluyo el capítulo V, escogido al azar:

V. ¿Dónde termina la vida? ¿Dónde comienza la muerte?

Lo oculto del mar, su esencia ─obsequios espirituales─, es un enigma inalcanzable a la razón del hombre. A quien escribe esto, muchas veces se le dificulta acceder a lo que se oculta en lo profundo de la mente de sus compañeros. El misterio de sus aguas fluye cristalino en la candidez de los artistas, de los músicos, de los poetas. No hay otra manera: debe vivirse la experiencia para indagar lo insondable del conquistador playero. Misterios develados como los de playa El Agua, hoy, cuando el astro soberano se ve interpuesto por grises nubarrones aplomizando las previas azules aguas. Y salirse a tiempo para concluir: ¡preguntas sin respuestas! Estallidos de olas amedrentan y fascinan al mismo tiempo. Muy a pesar de la fascinante camaradería, cierto hermetismo íntimo, lógicamente, intimida. La playa llora su soledad en este clima incierto de Febrero. Especialmente cuando se desea establecer el incierto perfil tipológico de algún miembro de la jauría. Una joven familia de cuatro integrantes, que probablemente vinieron a broncear su palidez, se acerca al puesto de María. Que si predomina el tipo niño sobre el adulto o el padre. Una rosada flacucha con crespos negros, como de unos once años, acompañada de un niño similar, ordena con pudor musical andino: “cuatro empanadas de cazón”. ¿Quién sabe si su personalidad es como la marea?. En la orilla, esta época del año, el oleaje se muestra indeciso, te expele y te atrae de nuevo: la resaca, las leyes de polaridad y del ritmo en el océano. Algún psicoanalista de la vieja línea diría, indeciso, que “un perro de playa es de tipo fálico: atrevido, decidido, don Juanesco”, como Lolo o Fucho. Con una natural amabilidad, muy rara en estos días, María le entrega el manjar de joven escualo a tan escuálida familia. Otro, más esquivo, conociendo a Beto, diría que “esta especie es de tipo oral: necesidad de dar y recibir”. Mientras espero una de “pabellón”, la familia se marcha hacia la orilla a colocar sus aparejos. O, conociendo a Chucho, podría decir: “Es del tipo genital: de adaptación normal, bien aparejado”. Esta playa desparrama su natural arena blanca a lo largo de tres kilómetros bien delimitados por tres ambientes diferentes. O conociendo a quien escribe: “No, éste es una mezcla de varias tipologías”. Entrando, una zona de comercios y ambiente familiar ─“zona de tierrúos”─, otra zona intermedia, de turistas y ambiente variado ─“zona de caza”─, y otra, al final de la playa, juvenil y de eventos playeros ─“zona de pavitos”─. Tal vez el término “perro de playa” no admita tipología definida. Un viento de esa zona trae en sus brazos las palabras: “Y ¿cómo están las gringas, súper galán, perro’e playa?”, provenientes de Orlando boca’e pega, de lengua tan elástica como la mandíbula de una anaconda. Sería una tipología como el arte de Francisco Narváez que con sus manos elásticas pone a bailar la madera o a las piedras de Araya. Y me da un abrazo tan sincero como el del mencionado ofidio. O como la música de Inocente Carreño, que empapa al franco mar margariteño. Mirando hacia el mar me percato que los forasteros niños se introducen a jugar a la orilla del mar. O como la historia contada por Efraín Subero, donde rescata a ilustres poco conocidos personajes.
Cuando voy a avisarle a los niños que se salgan, Orlando, con canas en una calva oculta por una eterna gorra de béisbol, detiene mi avance con su lenguarada. Tres simpáticos personajes, que se sitúan bajo unas palmeras a unos metros del puesto de María, nos traen hoy la música criolla. “Yo levanto más que ustedes... bla, bla, bla... y ustedes cambian de jevas como cambiarse los interiores, perros’e playa”, continúa. Una mandolina, un cuatro, par de maracas y una vibrante voz oriental es todo lo necesario para cambiar el ambiente musical. “Y ¿qué hablas tú?, si tienes esa lengua tan negra como la de un perro chow chow”, le digo. Afinan instrumentos y la voz del negro viejito entona un ah nasal prolongado. Se acercan Lolo y Fucho, que con oído canino alcanzaron lo último dicho por Orlando, que ahora dice, para hacerse el gracioso: “¿Y ahora quién se está cogiendo al viejo ese?”. Para luego arrancar su repertorio criollo con el poema musical: el “Polo Margariteño”. “Tú lo que tienes es envidia porque no te le puedes acercar a una hembra que de verdad te gusta”, le advierte Lolo.
Y el poema comienza su extraña advertencia sobre lo que se acerca:

El cantar tiene sentido
el cantar tiene sentido
entendimiento y razón

─Adiós, compayó ¿cómo está la mar? ─pregunta irónicamente Orlando.
Luego sigue la musa poética de la segunda estrofa:

La buena pronunciación
la buena pronunciación
le da instrumento al oído.

─Hoy, tan gris como tú ─le gruñe Fucho con acento oriental, y Boca’e pega prefiere esconder la bífeda.
Las estrofas siguientes deslumbran:

Allá lejos viene un barco
allá lejos viene un barco
y en él viene mi amor

Las palabras de un lado y la música del otro lado se funden en distracción y me alejo un poco con intención de buscar a alguna cachorrita. El maraquero pierde el ritmo momentáneamente. Allá lejos, en la soledad de la playa, están dos sentadas; pero las secundan Chucho y Beto. Al pasar cerca de los cantantes me doy cuenta que se saltaron una estrofa. Con razón no los había visto, me digo a mí mismo, y ¿qué era lo que yo tenía pendiente?.
El maraquero retoma el ritmo en la siguiente estrofa:

Se viene peinando un crespo
se viene peinando un crespo
al pie del palo mayor.

Me respondo corriendo hacia la orilla : ah sí, Dios mío, me olvidé de la niña de los crespos introduciéndose en la resaca.
En declive, se escucha la siguiente sombría estrofa:

Ese cadáver, que por la playa rueda
ese cadáver
¿de quién será?

Me introduzco en el agua y veo a la niña flotando boca abajo, tambaleándose con la corriente unos cuantos metros mar adentro, y a su hermanito inmovilizado, más hacia la orilla, impotente ante la fuerza natural. Es en los momentos críticos cuando el término perro de playa le da instrumento al oído. Como un terranova en busca del náufrago, me abalanzo entre las olas a recoger a la niña. Cuando atesora la parte emotiva, instintiva y noble de ese animal. Llego a su lado y al voltearla me impresiona lo cerca que está la muerte de la vida: la antes rosada cara de cabellos crespos y ojillos vivaces, tornada ahora en gris ceniciento de lánguidos mechones, expone ahora unos impávidos ojos y unos labios violáceos. O cuando torna hacia servicios humanitarios, además del sexual. La tomo por un brazo y al acercarme a la orilla, su gemelo me ayuda a colocarla boca arriba sobre la arena. O cuando la jauría actúa en equipo. La niña ─muñeca de trapo mojada─ no reacciona y la sacudida por creerla muerta... me bloquea. O cuando cada uno aplica lo que sabe en beneficio del otro. Lolo se acerca a apartar a los curiosos, entre ellos a los músicos, a Orlando, a las dos turistas y a alguno que otro pasante que se suma a este grupo. Sí, Lolo practica Kárate. Escucho al nervioso padre de la niña decirle al niño: “Dejaste morir a tu hermanita”. Beto trabajó como “Bay Watch” y conoce de técnicas de rescate y respiración artificial. Me disgustan las palabras del padre, y Beto se acerca corriendo a darle respiración boca a boca a la niña. Chucho exhala algo de psicología. La lívida madre tan empapada como la niña, sólo que de sudor, mantiene su angustia en silencio, retornándole perlas líquidas a la isla de las perlas. Fucho tiene amigos que trabajan en el puesto de emergencia. Chucho se acerca al padre a tranquilizarlo diciéndole que el niño fue quien me ayudó a sacarla y que el mar es muy traicionero. Yo fui bombero universitario, pero hoy, la impresión de una belleza marchita, por no haber llegado a tiempo, me mantiene confuso. Rafucho, hace rato, fue a buscar una ambulancia en el puesto de emergencia. Sin embargo, le hemos robado al mar algunas vidas que se ha querido llevar. Por un espacio de diez minutos, Beto insiste en reanimar a la niña hasta que, por mercedes del océano, ella comienza a respirar por sí misma con cierta dificultad. Sí, ¡cuántas veces nuestras tablas de surf han servido de muleta a posibles ahogados!. Al llegar la ambulancia, la montan inmediatamente acompañada por su padre. Incluso María, quien nos mata la hambruna sin cobrarnos nada, colabora en las labores nobles. La madre y el hermanito se sienten esperanzados al escuchar de María: “No se preocupe, que su hija se salva, sí, sí.”. Ahora, que alguien venga y me diga que el término perro de playa es ofensivo. Más nunca vimos esa familia y nunca más se le mencionó. Lo que ofende es la mala fe con que se menciona cualquier palabra. Aún me queda la duda de si la niña se salvó. No es la palabra en sí misma. Dicen que la duda se combate con fe. Sino la intención que va en la palabra. Que alguien me diga qué tipo de fe se necesita para combatir esta incertidumbre de si la niña murió por haberme distraído.
Con la intención se puede hacer tanto bien.. o tanto daño.

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